Castellar
de Santiago.org
Este
lugar es tuyo y de todo aquel que desee participar con sus
artículos, fotos, recopilaciones, enlaces, opiniones...
En este momento se encuentra en construcción. Si deseas aportar
algo, ponte en contacto con el Administrador
![]()
Cincuenta aniversario (1959-2009)

Los castellareños que este digno año han cumplido los cincuenta se reunieron el día 15 de agosto en el bar “Parris” para celebrar este acontecimiento, como es tradicional en nuestro querido pueblo desde 1993. Previamente asistieron a una misa de acción de gracias en nuestra parroquia. A los actos concurrieron, con sendas parejas parejas, los “afectados” por los designios del dios Crono, que ha decidido que estén cruzando el ecuador de su existencia.
Fue un acto muy ameno, entrañable, emotivo..., donde pudieron saborear una suculenta cena salpicada de nostálgicas y risueñas conversaciones llenas de agradables recuerdos. Tuvieron entre los asistentes a Dª Encarnación, la comadrona afortunada que tuvo el placer de tocarles por primer vez en sus vidas y extraerlos de las entrañas de sus madres (de cada uno la suya); claro está, con su ayudeja.
En el colofón del homenaje, Justo Clemente Pliego, dirigió a los homenajeados un monólogo con el particular humor que le caracteriza en situaciones colectivas iluminadas por Baco. He aquí la trascripción del mismo. Creo que supera con creces a Paquirrín.
Que cincuenta años no es nada... Que es un soplo la vida.
Iniciados cincuentones, sus parejas, Sra. Comadrona:
Este año nos toca a nosotros celebrar los cincuenta.
Después de dar muchas vueltas la Tierra, los planetas, las galaxias, el Universo, la Biblia en verso... llegó el año 1959 y con él nosotros, a Castellar de Santiago.
Nos esperaban nuestros familiares. Tres éramos los protagonistas del parto: nuestra madre, nosotros y la comadrona (la Encarnación), que ayudaba a los dos.
Nuestro sexo era un misterio. “¿Será niño? ¿Será niña?” La respuesta, tras la rotura de aguas. Por cierto, yo he roto muchas cosas; pero no sé cómo se rompe el agua. Me lo expliquen.
De pronto se oía el llanto:
—¡¡¡Que viene, que viene!!!!
—¿Qué es?
La comadrona, alegre, exclamaba, descubriendo el secreto:
—¡ Qué niña más guapa...! ¡Qué niño mas guapo...!
Ya se sabe, al menos, nos dicen guapos cuando nacemos, y buenos cuando morimos. Un minuto de gloria lo tiene cualquiera.
Pero, no todos fuimos igualmente recibidos. Los que sois primogénitos, segundones y hasta los terceros fuisteis deseados, queridos. Pero, ¡ay!, los que somos cuartos y posteriores. ¡Qué disgusto para nuestros padres cuando se enteraban de que veníamos de camino! Los pobres, haciendo las cuentas del método anticonceptivo Ogino. Las cuentas les salieron mal y aquí estamos, por un error de cálculo. Hoy en día seríamos un “goma rota” cualquiera.
Emocionado recuerdo desde aquí al amigo Ogino. Gracias a él, nuestros padres picaron y... ¡cómo picaron!: salieron con el rabo entre las piernas
Pero, en definitiva, unos por encargo y otros por el japonés, el caso es que aquí aterrizamos. Y recalco (para eso soy su sobrino) todos, con la impagable e inestimable intervención de mi tía Encarnación. No nos pasó como al otro, que cuando nació le dijo a su padre:
— Papá, ya he nacido.
Y el padre, contrariado, le espetó:
—Bueno, pues que sea la última vez que naces solo.
A éste le faltó la Encarnación.
Por cierto, ¿sabéis cuánto costó el parto y su seguimiento posterior? Cien pesetas. ¡Ah!, he oído por ahí que algunos padres no pagaron. A continuación doy lectura a la lista de morosos para que se pongan al corriente. ¡Ya es hora!
Tranquilos..., que no..., que no..., que es broma... Si alguno no hubiera pagado, mi tía, paciente, hubiera esperado la dulce venganza a la hora de las inyecciones. Y además, ¿cómo iban a permitir nuestros padres que empezáramos a vivir con deudas? Bastante teníamos ya con el pecado original, que de equipaje traíamos y que pronto liquidamos con el bautizo.
Nos dieron teta hasta agotar las existencias. No como ahora. Si no había teta materna, de otra madre abundante. Y si no, Pelargón, Maizena. Si nos poníamos malos, Okal (un producto sin igual), Optalidón…
Fuimos a las escuelas: a las de arriba y a las de abajo. Los niños, con los niños; las niñas, con las niñas. Desde el principio nos fomentaron la Educación musical: todas las mañanas cantábamos “El cara al sol”, aunque lloviera. No había controles ni evaluaciones, había pruebas de final del curso. No había kleenex, para eso estaban las mangas de los jerséis y el carbón de la estufa.
Inapreciables las palabras nuevas y la retórica que aprendíamos con don Julián: mentecato, zoquete, mamarracho, beduino. ¿Qué puñetas sería beduino? Y no digamos la frasecita: “Amiguitos del arpa...”, que utilizaba cuando nos llamaba para volver a clase al terminar el recreo, dando al tiempo palmaditas con su mano derecha sobre la otra mostrenca.
Cómo llorábamos, cuando el maestro del que hablamos nos decía que “no nos iba a querer“. Que nos quisiera o no, nos la repampinflaba. Lo de no quererte tenía acompañamiento físico, de ahí nuestro llanto. Veamos:
Nos cogía, haciendo tenaza con el dedo índice y el pulgar de su mano buena, los pocos pelos que en la patilla teníamos, (nos pelaban al cero). Mientras realizaba la operación anterior era cuado decía:
—¡Que no te voy a querer y te voy a maltratar...!
Y, solidarizándose con nuestro dolor, poniendo él también expresión de sufrimiento, exclamaba:
—¡Ay, ay, ay, ay...!
Si la cosa era gorda podía rematar la faena con un revés (que ya quisiera Nadal) utilizando para tal menester su otra mano, la incapacitada, que para algunas cosas (como en este caso) demostró gran eficacia.
Aprendimos también a tener reflejos. El maestro utilizaba una regla o una goma del gas butano. Te preguntaban algo, y si no te lo sabías, te ordenaba:
—¡Pon la mano!
Al tiempo que la regla o la goma, veloz, volaba hacia nuestra tierna mano extendida, y ésta, más ágil, la esquivaba. El problema de tener reflejos suponía ración doble.
Desgraciados nosotros que, ante los tormentos que recibíamos en la escuela, nadie nos podía consolar, y a nadie podíamos pedir consuelo. Si lo pretendíamos con nuestro padres, malo, te exponías a recibir otra tunda: mejor callar.
¡Qué pena no haber vivido en estos tiempos! Al maestro y al padre los habrían condenado por malos tratos y con orden de alejamiento para, por lo menos, a Torrenueva. O sea, que al final resulta que los buenos éramos nosotros. ¡Válgame el cielo las vueltas que da el mundo...!
Los domingos íbamos a misa con la ropa de los domingos y teníamos que tener cuidado con no ensuciarnos. Nos lavaban en la palangana junto a la lumbre, donde el agua la había calentado nuestra madre. Y es que no había agua corriente, lo único que había corriente era la luz eléctrica, a 125 V.
Estábamos lóbregos, siempre en la calle jugando. Los muchachos, a la taba, al mocho, a pava, al escondecorreas, a lela, al escondite, al trompo (en su tiempo), las bolas (aquí no había canicas), al fútbol en las eras. Y cada dos por tres, te daban o dabas una pedrá. ¡Otra porraúra pa la cabeza!
Las muchachas, muchas con trenzas, jugaban al balón prisionero, a la comba, al tejo, a la liga... Como no fui muchacha no sé a qué más.
Para merendar, una onza de chocolate con una rebaná de pan. En esas meriendas tuvimos nuestras primeras experiencias con el alcohol: pan mojao en vino con azúcar, que no emborracha; pero agacha. ¡Y vaya que si agachaba!
Pero, ¿cómo no íbamos a estar en la calle si no había televisión? Que, por cierto, comenzó en España un par de años antes de nuestro nacimiento. Pocos de los aquí presentes tenían televisor en su casa cuando el hombre fue a la Luna. Yo no. Gracias a lo que había sacado mi tía de tanto parto, como es de ver aquí, compró un televisor marca Optimus, y ahí lo pude ver. Bueno, también teníamos el “Teleclub”, rectamente regentado por el amigo Marceliano, que con un látigo nos mantenía firmes. ¡Joer, siempre la violencia!
Se han ido amontonado los años, y, de pronto, nos encontramos con que tenemos, nada menos que cincuenta, a un paso de la 3ª edad. Estamos en la 2,5ª edad, ya hay algún abuelo por ahí. Lo pasado nos parece un suspiro, y juntando bienes con males, resultan todos los años iguales. Pero hemos llegado y por lo que veo, bien. Nos felicitamos por la mitad de siglo cumplido.
¡Ah!, no perdamos la cuenta:
porque lo celebraremos
cuando cumplamos sesenta.
¡Que nadie falte...! ¡Se pasará lista...!
Justo F. Clemente Pliego