Castellar de Santiago.org
Este lugar es tuyo y de todo aquel que desee participar con sus artículos, fotos, recopilaciones, enlaces, opiniones...
En este momento se encuentra en construcción. Si deseas aportar algo, ponte en contacto con el
Administrador

 

LA ACEITUNA
Ignacio Tera

 

 

Las últimas lluvias han impedido este año el que podamos ir a recoger aceituna.

He bajado al pueblo, como casi todos los años, y no hemos podido salir ningún día.

Uno de estos días, al calor de la lumbre, mientras esperábamos a ver si escampaba,

comentábamos cómo ha cambiado la recogida de la aceituna en estos últimos años.

Recordábamos como antes iba uno a la aceituna como si fuera de romería, bueno, no tanto, pero sí que tenía un carácter más lúdico que ahora. Era tiempo de amoríos, de fiesta, de canciones... Los estudiantes ayudaban en las vacaciones y todas las familias salían en amor y compaña.

La jornada empezaba cuando ya había salido el sol, nos juntábamos en la fuente de los cuatro grifos a llenar  de agua las garrafas forradas con saco. Allí nos liábamos de cháchara un rato comentando dónde íbamos a ir, de cómo estaban los olivares por aquella zona, de si había en el suelo, de si caía bien... nos despedíamos y cada uno a su remolque, coche o cualquier otro vehículo.

Recuerdo como mi padre convertía el suyo en un “coche aceitunero” y dónde antes íbamos personas , ahora íbamos personas, varas, mantones, espuertas, comida... Vamos, que he llevado yo pocas veces la zaranda detrás de la oreja y subido encima de un mantón sujetando al perro (que también se venía por si echaba una liebre). Eran coches patera. También había cuadrillas que iban en remolque todos subidos. Ponían los mantones de asiento y, abrigados hasta los ojos, ponían camino al olivar.

¡Menuda rasca que hacía con los hielacos que caían antaño! Llegaba uno al tajo escarchados. El manijero echaba una lumbre, y nos calentábamos antes de empezar la jornada. Mientras le dábamos tiempo a que las olivas se deshelasen un poco y que no cayeran tantas ramas ni cobollos al estar heladas.

Antaño llevábamos unos caballetes para recoger la aceituna alta, la que estaba en los “pipirigallos” como decía mi abuelo, que era el encargado de subirse en él con una vara corta. Llevábamos unas varas que eran todas de madera, unas más artesanales que otras, unas torcidas, otras más rectas, pero de madera y pesaban lo suyo.

Nos poníamos cuatro por oliva a varear, unos a las faldas, otro por dentro, otro a las altas y otro rematando y eso era un no parar de hablar, contar chascarrillos, criticar, enterarnos de todo lo que pasaba y muchas cosas más.

Los de edad de merecer aprovechaban para relacionarse y comenzar amoríos. De la aceituna  salían muchas parejas. Recuerdo que en muchas cuadrillas había gente que cantaba y de vez en cuando se arrancaba uno por fandangos y otro le contestaba por soleares y se liaba.

Siempre íbamos entretenidos y cada uno tenía su función. Como antes no pasaba nada porque trabajaran los niños ni los jubilados, pues iban todos los de la casa. Los niños recogían la aceituna de los suelos y la que se caía de los mantones y los mayores se dedicaban a hacer la comida y la zaranda. ¡Menudo invento la zaranda!! Como antes el molino no aceptaba la aceituna con hojas, porque se atascaba, pues había que limpiarla, así que se utilizaba esta ingenio que consistía en echar la aceituna en una especie de tapiz cuadrado que servía de primer filtro, desde el que caía por una rampa que servía de segundo filtro. Toda la aceituna caía a una espuerta en la que se colocaba una o dos personas a recoger las hojas que todavía se salvaban y caían. El o la que se ponía allí terminaba con las manos llenas de golpes y aceite de las aceitunas.

Así transcurría la mañana hasta las doce, que hacíamos un cigarro. Un cigarro era un pequeño descanso, lo que duraba fumarse un cigarrillo y otra vez manos a la obra.

Uno de los más viejos de la cuadrilla se dedicaba a ir recogiendo leña y preparar la comida. Allí se montaba un catering a base de mojepatatas, ajillo pilili, pipirrana, pisto, migas, patatas con conejo, arroz con liebre o lo que se le ocurriera al cocinero. Allí comíamos todos alrededor de la lumbre, cucharada y paso atrás mientras que se charlaba y bebía un vino de Trini, de las Gonzalas o de Basilio que llevábamos en unas damajuanas, todos a morro o en bota.

De postre comíamos unas naranjas, nueces y algún que otro polvorón en tiempo de las Pascuas. Tras la comida, un pequeño descansito, muy corto y otra vez al tajo hasta las cinco, aproximadamente que ya nos íbamos al molino.

Era toda una parafernalia la hora de la recogida. Recuerdo como cada uno realizaba una función: unos recogían los mantones hasta que quedaban hechos un paquetito. Mi abuelo los doblaba conmigo y le quedaban como una servilleta pero con un lacito de pita. Otros recogían los capachos, las varas y las zarandas para echarlo todo al remolque y otros nos dedicábamos a pegarle fuego a los montones de cobollos. Me encantaba el olor a hoja quemada y el humo blanco y espeso que tapaba todo el olivar. Me acuerdo de cómo todos las cuadrillas lo hacían, era como una señal de que todo había acabado. El campo, en el que ya empezaba casi a anochecer olía a hojas verdes quemadas, a humo y con el crepitar de la hoguera abandonábamos el olivar hasta la mañana siguiente.

Luego, como los ríos a sus afluentes, salían todas las cuadrillas a los caminos, donde se formaban unas filas de tractores, carros, coches y demás en dirección al pueblo. Entonces empezaba una pequeña carrera de a ver quién llegaba antes al molino para no tener que esperar para descargar.

Unos descargaban en el Alpargate y otros en el Zapato. Los  tractoristas eran los encargados de descargar los remolque y pesarlos. Se juntaban todos de cháchara, poniéndose al día de todo, y comentando cómo les había ido el día. Mientras, la fila de vehículos iba llenando las calles. Podíamos ver tractores, coches de todo tipo, carros, carrillos...

Muchas veces me he quedado a vaciar porque me gustaba todo el ambientillo que se formaba allí, el olor a aceituna y aceite. Alguna vez pasaba al molino y veía el proceso entero de elaboración de aceite, desde que se descargaba, subía por la tolva, se limpiaba, se trituraba y salía hecho un líquido verde- amarillo, era toda una maravilla.

Después nos íbamos a casa todos juntos y nos íbamos quedando cada “mochuelo en su olivo”. Pasear por las calles de Castellar a estas horas era un deleite. Todo el mundo había encendido su lumbre en su hogar y olía todo el pueblo a jara y leña quemada.

Así transcurría un día de aceituna en Castellar hace unos años. Ahora todo es diferente. Las cuadrillas son más grandes, se han sustituido las varas de madera por otras de fibra de carbono, de vidrio y no sé de qué más. Se han añadido herramientas como las vareadoras mecánicas o vibradoras y las palas vibradoras en el morro de los tractores. Ahora todo es una carrera, unos ponen mantones, otros cogen el vibrador, otros varean, es un correr en el que apenas da tiempo a nada porque te quedas atrás. Se cogen más kilos y se facilita el trabajo con máquinas, pero se trabaja mucho más, es distinto. Las cuadrillas también han cambiado, ya no van tantas familias juntas y ha venido mucha gente de fuera a ayudar a recoger la aceituna. Las filas del molino son mayores, y ahora tengo entendido que hay que sacar número de un día para otro. Se recogen muchos más kilos y las almazaras no dan abasto. Se ha hecho todo más impersonal, aunque hay cuadrillas que mantienen los orígenes del aceituneo en Castellar.

En fin, son los tiempos  que corren, es la evolución de una larga tradición en nuestro pueblo.