Castellar de Santiago
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De siega
(A mi abuelo Raimundo; cuántas siegas. ..)

Ya no se siega. Ahora el hombre apenas siega a mano, porque a las antiguas faenas del agosto la maquinaria se las traga al socaire del avance de los tiempos. El hecho de segar la espiga va quedando más como habilidad hermosa del hombre que como urgencia laboral o necesidad económica ineludible. La siega está perfilada en el simbolismo y el recuerdo, casi teñida del color de litografía de almanaque barroquista.
Antaño no podía comprenderse un campo sin segadores, al igual que hoy no está concebido un olivar sin aceituneros. El hombre de la hoz con el hombre de la vara han sido los artífices de una agricultura primaria o atávica que no ha sabido, no ha querido o no ha podido desbordar la rueda de los ciclos que de octubre a junio van de la sementera a la grana.

Los primeros brazos caían sobre las cebadas, tempranas de mayo, escociéndose por la raspa del padre candeal cuando llegaba la Virgen de Agosto. Segadores y zagales perdiéndose por las fanegas del secano, inclinando su cuerpo tras el surco, al ritmo difícil de las hoces de La Solana.
Venían del Sur, sorteando la Sierra Morena y la Sierra de Segura, trayéndonos al llano el acento y la gracia de la Andalucía más dura. y la copla:


"La encontré una mañana,
del Sur venía
le dije por serranas
que la quería "


Subían del Jaén del monocultivo; del Albacete del esparto; de Orcera y Pontones, Bogarra y Bienservida buenos remeros de la caraña!-, Villarrodrigo y Santisteban, Hornos y Las Navas, de las cuestas de Chiclana, de las Aldeas de Montizón..., desfilando en caravanas marchosas en cuanto traspasaba San Isidro.
Con chaquetillas del color de la ceniza, alpargatas de cáñamo, la vara terciada por la faja, amarilla la enea del sombrero, llegaban los segadores andando tras los burros. Por las calles solitarias, mientras la siesta, avivando su voz con el vino recio de La Mancha. En los anocheceres, el colorido de los atalajes de sus machos contrastaba con la seriedad de los arreos de nuestras negras yuntas.
Iban de paso hacia la Extremadura de los Barros, o se nos quedaban por Montiel y Calatrava, según las condiciones del clima, el pan y la contrata, que se hacía de palabra y al instante.
Cogían el camino del tajo a la hora de los gallos, para abatir la mies: el paso firme, doblada la cadera,
horizontal la espalda y la cabeza airosa; la mano derecha mantiene la hoz intermitente, y la izquierda, a manadas, recoge las espigas. Recorriendo lomo a lomo la besana, hasta dejarla calva en áspero rastrojo. Así, bajo el sol de Azorín y el sudor que amasa el polvo, discurría una labor larga de tres meses.
Segar y atar; emparejar los haces (los gañanes se quejaban de una moda de atar, a la andaluza, que dejaba flojo el haz, como si los serranos sintiesen compasión de las espigas).
Ir a la siega. Por San Juan, mil leyendas en medio del rastrojo; misterios de doncellas hechizadas, peinándose a la salida del sol una mañana de junio, entre los olivares de la cuesta en el camino que va a El Viso. La Cuesta de la Encantada, guapa mujer, a quien cada año un hombre veía, pasmado por el miedo del encanto.
Estar de siega. "Mi novio está de siega; cuando vuelva, para la Feria, nos casamos", decía la moza que yo sé. Luego llegaría la vendimia, la aceituna ya esperar otra siega.
Volver de la siega. En agosto volvían los segadores, más delgados, pero más alegres; enfilaban la Vereda de los Arrieros y se perdían entre el polvo de las eras, llevándose con ellos el verano. Cuando llegase otra vez la Cruz de Mayo, volverían a subir a Castilla, con más arrugas en su cara y otro chiquillo para la despensa.

Ya no se siega. Ya se rasura la mies por el poderío de las "cosechadoras", que resumen en uno tantos trabajos de toda una cosecha. Mejor así; las manos del hombre dominando el acero de las máquinas. Pero algún barranco habrá, ¿no quedará un cacho de parcela, un peñascal, una loma o el olivar que lleve trigo, que reclamen a los brazos de los segadores?
Entonces volverá a renacer la artesanía del haz y el cordelillo en los hatos de cántaros y pana. La faena limpia del hombre, la hoz, la mies y la ilusión por medio.