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Castellar tuvo un molino de viento

 

                                                                           Agustín Clemente Pliego

 

         Aunque tardíamente, nuestro pueblo tuvo su molino de viento allá por la segunda mitad del siglo XIX. Así lo señala Pascual Madoz en 1845, cuando dice que las industrias de Castellar están constituidas por:

 

                        “...10 fábricas de alfarería de obra vidriada para el fuego, 3 tahonas, 1            molino de viento y 2 de aceite[1]”.

 

            Por esas fechas, tenían sólo un molino de viento harinero los siguientes pueblos de nuestra provincia: Almagro, Almodóvar del Campo, Manzanares, Puertolápice, Villanueva de los Infantes y Castellar de Santiago; frente a Socuéllamos que tenía dos; Pedro Muñoz, cuatro; Herencia, siete, y Campo de Criptana, veintisiete.

            Castellar era el único pueblo del Campo de Montiel, junto con Villanueva de los Infantes, que tenía molino de viento.

            Pero, su existencia fue muy breve, ya que en el año 1860 el Nomenclator informaba de que la única población de Ciudad Real que había dejado de mover las aspas de estos gigantes cilíndricos  había sido Castellar de Santiago. Si nos atenemos a los dos libros de registros (Madoz y el Nomenclator), no más de quince años exhibió su arquitectura este insólito edificio castellareño. ¿Dónde? En el repecho final de la calle del Molinillo, la cual lleva su nombre por haber estado allí ubicado. Dicha calle en aquel tiempo no era tal sino eras y campo.

            Aunque la fecha que refiere Madoz es 1845, es muy probable que existiese unos años antes. Cierto es que en el siglo anterior Castellar carecía de tan portentoso ingenio. Su inexistencia la reflejan el Catastro de Ensenada (1752), las Relaciones del Cardenal Lorenzana (1782) y el Diccionario Geográfico de Tomás López (1788).

 

El valdepeñero molino de Gregorio Prieto, el más grande del mundo.

(Fotografía de los años cincuenta)

            Muchos son los interrogantes que nos vienen a la mente cuando nos lo imaginamos voltear, cual gigante quijotesco, en la cota más alta del pueblo: ¿Quién lo mandó construir?, ¿cuál fue el móvil?, ¿por qué su exigua vida?...

            Evidentemente, Castellar ha tenido desde su fundación (1545) una necesidad perentoria de triturar los cereales, ya que éstos han constituido la base fundamental de la alimentación del ser humano ya desde el Neolítico.

            En el siglo XVI la trituración se realizaba preferentemente en las aceñas o molinos de agua. En vistas de que Castellar carecía y carece de corrientes de agua capaces de mover las ruedas de una aceña, nuestros antepasados se veían en la necesidad de desplazarse fuera del término a los lugares más próximos donde existiesen estos artilugios. Y así, las Relaciones topográficas del Felipe II (1575) indican que nuestros antepasados tenían que trasladarse para la molienda por  lo menos a18 Km. de distancia en invierno y a 39 ó 44’5 Km. en verano:

 

                        “...que se va a moler desta villa a la cañada en tiempo de invierno; que            está la cañada desta villa tres leguas grandes; y que en verano y tiempo de agosto     se va a moler a Guadarmena y a Guadalimar, que están siete y ocho leguas desta     villa[2]”.

 

 

Ruinas de la aceña de la Cimbarra. Fue construida por las mismas fechas

que el molino de viento de Castellar

 

            Lo mismo sucedería en los siglos XVII y el XVIII. En éste último siglo (año 1773), Torrenueva contaba con cinco molinos de agua en el río Jabalón; la Torre de Juan Abad, con cuatro en la cañada de Santa María de la Vega (por cierto, uno de ellos era de una vecina de Castellar, “doña María del Amo”), y Villamanrique tenía otros cinco en el río Guadalén[3].

            Por lo tanto, el incordio secular que obligaba a los castellareños a desplazarse a los pueblos vecinos para moler es el que motivaría, entre otras causas, que en nuestro pueblo se construyese un molino de viento allá por la mitad del siglo XIX.

            Su efímera vida creo que hay que encontrarla en el acelerado empleo de máquinas trituradoras movidas por vapor y más tarde por electricidad, que sustituyeron a la centenaria energía eólica, actualmente en boga. Se sabe que, si bien en el último tercio del siglo XIX es cuando Castilla-La Mancha llega a tener el mayor número de molinos de viento de toda su historia, es entonces cuando paradójicamente empiezan a declinar en virtud del empleo de combustibles más modernos.

            El puntillazo final lo tenemos en 1914, con la llegada a Castellar de la energía eléctrica para hacer funcionar la actual fábrica de harinas “Santa Ana”.

            Desde estas páginas animo a las autoridades locales y provinciales, que tienen el poder de decisión y la búsqueda de canales de financiación, a tener en su agenda de proyectos la erección, al final de la calle del Molinillo, de un molino de viento en recuerdo de aquel que desapareció y de las andanzas del Quijote en la sierra del Cambrón, molino que podría albergar el tan deseado museo etnográfico.

            Gracias a las iniciativas de los Amigos de los Molinos de viento y, sobre todo, al tesón del pintor valdepeñero Gregorio Prieto, en la segunda mitad del siglo XX se reconstruyeron muchos molinos en nuestra tierra manchega, molinos que constituyen una de nuestras señas de identidad.

            Bordeamos o transitamos por Valdepeñas y nos asombra ver los dos molinos en el cerro de San Blas (uno en estado ruinoso y el otro reconstruido) o el de nueva plata: Molino-Museo de Gregorio Prieto, junto al Museo de los Molinos del mismo nombre. Un Valdepeñas que incorporó en su orografía estos artefactos unos lustros más tarde que Castellar. Dos molinos de viento había en Valdepeñas a partir de 1860 en el cerro de San Blas. Castellar sólo uno en la calle del Molinillo; pero hacia 1845.

 

 


 

                [1] PASCUAL MADOZ: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Madrid, 1847. Tomo VI, pág. 100.

            [2] Relaciones histórico-geográfico-estadísticas de los pueblos de España hechas por iniciativa de Felipe II. Ciudad Real. Edic. Carmelo Viñas y  Mey y Ramón Paz. Madrid, C.S.I.C., 1971, pág. 193.  El molino de la cañada es uno de los 13 que había en el río de la Cañada de Santa María (18 Km), sito en la Torre de Juan Abad. Cuando en verano escaseaba la corriente de la cañada, había que desplazarse a las aceñas del río Guadalmena en Villamanrique (39 Km) o al río Guadalimar (44’5 Km), ya en tierras jiennenses.

                [3] Descripción de las Veinte y Tres Villas de este Partido Suelo y Campo de Montiel ejecutada en virtud de Orden de S. Majestad y Señores de su Real Consejo de las Militares de 17 de noviembre del año pasado de 1772.  A.H.N., sección “Órdenes Militares”, legajo 5366.